Los demócratas también ganan con el muro

La militarización de la frontera México-E.U. siempre ha sido un esfuerzo bipartidista, su simbolismo es útil para ambos partidos.

 

En enero de este año, la construcción del muro fronterizo avanzó rápidamente en el valle de San Bernandino, Arizona.
Myles Traphagen/Wildlands Network

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Meses después de que el COVID-19 llegara a Estados Unidos —mientras la economía paraba abruptamente, con el cierre de negocios y la suspensión de actividades “no esenciales”— la construcción del muro fronterizo de México-E.U. no sólo continuó, sino que se intensificó. Los trailer parks y moteles de comunidades como Ajo, Arizona y Columbus, Nuevo México hervían con trabajadores de todo el país. “¡Necesitamos el Muro más que nunca!”, twiteó el presidente Donald Trump en marzo, insinuando que poner más acero en la frontera evitaría que el coronavirus se infiltrara desde México —que en esos momentos tenía pocos casos documentados. Señalando las “graves consecuencias del movimiento transfronterizo masivo e incontrolado sobre la salud pública”, la administración de Trump aprovechó la oportunidad para terminar de destripar el sistema migratorio y de asilo político de los Estados Unidos.

Por casi 10 años he trabajado como voluntario con No Más Muertes, una organización comunitaria con base en Tucson que provee ayuda humanitaria a la gente que cruza las zonas fronterizas remotas del sur de Arizona. He visto con horror cómo Trump intensifica la anticuada imagen nacionalista de una otredad enferma—dibujando una masa indiferenciada de migrantes que traen drogas, terrorismo, enfermedad y toda clase de salvajismos y contagio al país. He sido testigo del escalamiento de la violencia fronteriza patrocinada por el estado, y mis amigos y compañeros de trabajo humanitario han sido arrestados y acusados de crímenes por fiscales federales. Pero la inculcación de un miedo racista, así como la violencia y represión que lo acompañan, no es nueva en la política de Estados Unidos. Por décadas, políticos de derecha e izquierda han apoyado el control fronterizo y la vigilancia sobre los indocumentados.

“Necesitamos fronteras seguras, y para ello se necesitará una combinación de tecnología y barrera física”, dijo en 2016 la entonces candidata a la presidencia, Hillary Clinton. En 2006, como senadora demócrata para Nueva York, Clinton votó para aprobar 700 millas más de muro, así como lo hizo el ex-senador Barack Obama, quien después se ganó el título de “Deportador-en-cargo” por su papel en expulsar a 3 millones de personas durante su presidencia — una cantidad sin precedentes. Su administración perpetró muchas de las crueldades que ahora condenan muchos críticos de Trump—niños enjaulados, la separación de familias, el abuso de los migrantes en custodia y la deportación de muchos hacia sus muertes.

“Este nuevo muro no tiene ninguna consideración con nuestros ancestros, creencias o cultura, que están arraigadas a estas tierras”.

El muro fronterizo —las casi 650 millas de barrera construidas durante las administraciones de Clinton y Bush, y los cientos de nuevas millas que se construyen mientras escribo — es, por supuesto, muy real. Divide y separa a comunidades y ecosistemas, perturbando el movimiento y migración de personas y fauna silvestre por igual. Empuja a quienes cruzan la frontera a territorios cada vez más remotos y peligrosos, donde las personas desaparecen por miles. Profana la tierra y sitios sagrados de las naciones indígenas, como los Tohono O’odham y los Carrizo/Comecrudo, quienes continúan resistiéndose a su construcción. “La frontera con México dividió a nuestra gente”, le dijo el presidente tribal de Carrizo/Comecrudo, Juan Mancias, a The Guardian el año pasado. “Este nuevo muro no tiene ninguna consideración con nuestros ancestros, creencias o cultura, que están arraigadas a estas tierras”.

Pero el muro también es un símbolo. Para Trump es carne roja para sus voraces seguidores. Para el lado “moderado” del partido republicano, la obsesión de Trump con el muro hace parecer más razonable una agenda que de por sí ya es racista y anti-migrante. De forma similar, para los demócratas del establishment como el candidato presidencial Joe Biden o la congresista Nancy Pelosi, la visión caricaturesca de seguridad fronteriza de Trump —un “grande, gordo y hermoso muro” y una zanja llena de cocodrilos y serpientes — sirve como un contraste perfecto y absurdo con el sistema de vigilancia más sofisticado que su partido ha trabajado arduamente en establecer —el cual también incluye un muro, más “virtual” que medieval. Es el trasfondo perfecto para escenificar su “#resistencia”, incluso mientras colaboran con contratistas corporativos para militarizar la frontera y construir un masivo aparato de detención y deportación.

El tramo de 24 millas del proyecto Tucson 3, corta a través del valle de San Bernandino, al este de Douglas, Arizona.
Myles Traphagen/Wildlands Network

El teatro de Trump y la oposición demócrata a sus planes han creado la impresión de que la administración de Trump está forjando una nueva dirección en el control fronterizo”, escribe el periodista e investigador Tom Miller en More Than a Wall (Más que un Muro), un reporte de 2019 del Instituto Transnacional, un centro de estudios sin fines de lucro dedicado a la defensa e investigación de políticas públicas. “Sin embargo, una mirada cercana a las políticas de frontera de las últimas décadas muestra que Trump está atrincherando — y eventualmente consolidando — una vieja postura de E.U.”.

Como trabajador humanitario, siento una terrible y extraña combinación de frustración y alivio conforme pasan los años de Trump [en la presidencia]: las cosas han empeorado, pero al menos la gente pone atención ahora. El costo de este cambio, aun así, ha sido devastador: amnesia histórica, más sufrimiento y la exoneración de los políticos que crearon esta situación perversa en primer lugar. Mientras, quienes viven en tierras fronterizas continúan ofreciendo su hospitalidad y apoyo, los detenidos continúan luchando por su libertad, y los indocumentados continúan movilizándose por sus derechos y la dignidad que merecen. Esperemos que algún día, pronto, el muro no sea más que una reliquia histórica — el símbolo de una época bipartidista de crueldad, desposesión y división que finalmente hemos dejado atrás.

Max Granger es un escritor y traductor que vive entre la meseta del Colorado y el Desierto Sonorense, donde trabaja con el proyecto de solidaridad migrante No Más Muertes. Escribe a HCN a [email protected] o manda una carta al editor.

Este artículo fue traducido por Clara Migoya, una reportera bilingüe y científica ambiental. Estudia una maestría doble en Periodismo y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Arizona.  

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