Los desastres naturales y nuestro futuro colectivo

La intersección entre las clases sociales y el cambio climático en el Sur de California.

 

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California es el primer estado en el occidente del país que a menudo ofrece soluciones a problemas sociales y ambientales. Actualmente, se encuentra al frente de un difícil desafío, ya que sus ideales progresistas — y su población cada vez más diversa — se ve generalmente opuesta a las políticas del Presidente Donald Trump. En esta nueva columna mensual, una Carta desde California, documentaremos cómo el estado se está adaptando a los cambios en estos tiempos.

Toma un par de horas manejar a lo largo de la costa desde Los Angeles hasta Montecito, California. En un día de sol (de los cuales hay en promedio 284 al año, de acuerdo al National Climatic Data Center), el Océano Pacífico brilla a tu izquierda mientras viajas al norte, lejos del caos de la ciudad, más allá de los campos agrícolas y los pueblos pintorescos hasta llegar a los cerros aislados al este del Condado de Santa Bárbara.

Si puedes pagar, la comunidad no incorporada de Montecito ofrece muchas cosas que son difíciles de conseguir en Los Angeles: espacio abierto, cobertura de árboles, privacidad. Su tasa baja de crimen y su infraestructura bien mantenida van mano a mano de su reputación como uno de los códigos de correo más caros del país. Casi tres-cuartos de la población es anglosajona, y dueña de las casas en las cuales habita.

Montecito no pareciera poder ser la escena de un desastre violento. Pero el incendio Thomas del pasado diciembre destruyó más de 1.200 kilómetros cuadrados en la zona, desplazando a más de 100.000 personas. Las lluvias torrenciales siguieron pocas semanas después, transformando los cerros en un paisaje post-apocalíptico. Olas de barro y escombros cayeron con fuerza, matando a 21 personas y destruyendo alrededor de 75 casas.

Kyle Grillo/Reuters

La noticia sorprendió a muchos. No estamos acostumbrados a ver a las personas acomodadas como víctimas de catástrofes naturales, como si ellos y sus barrios deberían ser excluídos debido a su poder económico —como si la vida dentro de una urbanización cerrada y bien construída les garantiza seguridad. Pero en ésta era de cambio climático causado por los humanos —cuando el desarrollo urbano acelerado de California se enfrenta a las sequías, los incendios y las lluvias torrenciales— aquella ilusión ha dejado de ser válida. Estos desastres nos afectan a todos eventualmente. Sin embargo, nuestras divisiones sociales se vuelven aún más difíciles de superar después de una tragedia.

De acuerdo al U.S. Geological Survey (USGS), los derrumbes pueden suceder tanto en los barrios pobres como en los ricos, matando a casi 50 personas cada año a lo largo del país. En los países en vías de desarrollo, los pobres en las ciudades están obligados a vivir en los cerros erosionados y superpoblados como los de mi ciudad natal de Caracas, en Venezuela. Pero en el occidente americano, los cerros son populares: ofrecen los mejores paisajes y representan los bienes raíces más buscados.

En los cerros también se construyen las casas más grandes, aunque se desconocen los riesgos de tener aquéllas mansiones en zonas altas. De hecho, después del incendio en diciembre, el USGS advirtió que podrían seguir derrumbes en los abanicos aluviales, lugares donde el sedimento se distribuye desde las montañas hacia los valles.

La construcción en los abanicos aluviales sigue siendo común en el Sur de California. Por ejemplo, en el Valle de San Bernardino, a cuatro horas al este de Montecito, más de 500.000 proyectos de viviendas fueron construídos encima de abanicos aluviales entre el 2000 y el 2006. En 2003, un derrumbe en la zona mató a 16 personas. “Cada vez que sucede un evento importante, creamos grupos de trabajo y hacemos estudios,” dijo la presidenta del Distrito de Agua Municipal del Valle de San Bernardino, Susan Lien Longville, en una entrevista con E&E News en enero. Pero a menudo, las conclusiones de los estudios son ignoradas.

“El caso de Montecito nos demuestra que todos —sin que importe nuestra clase social o grupo racial— nos encontramos a riesgo,” dijo Julie Maldonado, quien enseña una clase llamada “Riesgos, Vulnerabilidad, Resiliencia, Desastres” en el Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad de California Santa Bárbara. “No es cuestión de preguntarnos si los impactos del cambio climático discriminan o no, si no más bien, ¿hasta qué punto? ¿Y qué significan éstos impactos no sólo para nuestra sobrevivencia, si no para nuestro bienestar?”

Antes de los incendios y los derrumbes, Montecito ya se encontraba en un dilema climático moviéndose a cámara lenta. La ciudad se encuentra sobre terrenos con poco acceso al agua. Cada semestre, Maldonado invita a ingenieros en recursos hídricos para que expliquen cómo los conflictos por el agua afectan a ésta comunidad adinerada. A menudo, los invitados mencionan la propiedad de 16.000 metros cuadrados que le pertenece a Oprah Winfrey, una de las que más agua usa en el Condado de Santa Bárbara, con una factura anual de más de $125.000.

Sin embargo, ricos tienen dinero que les ayuda a superar sus problemas: pueden construir nuevamente, o conseguir ayuda médica de acuerdo a sus necesidades. Maldonado explica que los incendios y derrumbes han afectado a comunidades más grandes aún, y más diversas, como los miembros del Santa Ynez Band of Chumash Mission Indians, quienes fueron desplazados por los incendios y tuvieron que luchar contra las llamas para proteger sus sitios culturales. Casi un tercio de las personas que fallecieron provenían de familias inmigrantes empleadas a nivel local. Los trabajadores domésticos, maestros, y dueños de pequeños negocios no podrán escapar las repercusiones de las tragedias tan fácilmente.

Los habitantes menos visibles y de bajos fondos de Montecito tendrán menos opciones que sus contrapartes más adinerados.

“Generalmente nos centramos en los extremos, pero la grandes mayorías viven en aquél margen que les permite pagar el alquiler un mes, pero no el que sigue, en caso de que sufrieran un accidente,” dijo Maldonado. “Así es cómo los desastres afectan a muchos.”

La High Country News editora colaboradora Ruxandra Guidi escribre desde Los Angeles, California. 

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