En el Sur de California, el vehículo aún manda

La ansiedad de estar contribuyendo a las emisiones de carbono en la gran ciudad.

 

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California es el primer estado en el occidente del país que a menudo ofrece soluciones a problemas sociales y ambientales. Actualmente, se encuentra al frente de un difícil desafío, ya que sus ideales progresistas — y su población cada vez más diversa — se ve generalmente opuesta a las políticas del Presidente Donald Trump. En esta nueva columna mensual, una Carta desde California, documentaremos cómo el estado se está adaptando a los cambios en estos tiempos.

Durante la semana, me puede tomar hasta una hora y media navegar 20 millas a lo largo de una complicada red de autopistas.

Por suerte, no tengo que viajar a diario para mi trabajo. Pero cuando debo afrontar el camino, cierro mis ventanas y subo el volúmen de la música para que no entren el smog y la bulla de afuera. El sol casi siempre brilla, como para hacerme recuerdo de que tengo suerte de poder vivir en el Sur de California.

A veces, cuando manejo hacia el occidente a lo largo del Río de Los Angeles en su canal de concreto, pienso sobre su baja corriente y sobre la sequía que acabamos de sobrevivir— y las que aún vienen. El centro de la ciudad, cubierto en grúas de construcción, me hace recuerdo del crecimiento desmesurado de Los Angeles a costa de más espacios abiertos y parques. 

Y a veces, cuando me encuentro atrapada en un mar de vehículos, siento gran miedo sobre el futuro. El viaje genera una ansiedad particular: Mis manos se aferran del volante y puedo sentir mi corazón palpitar en mi garganta. Todo esto me hace recuerdo que vivo en un condado con más de 10 millones de habitantes, cada uno de los cuales usa aproximadamente 65 galones de agua al dia — el doble de lo que usan nuestros contrapartes en ciudades europeas. En California, el 87 por ciento de la población vive en ciudades. Pero siento menos preocupación por el hacinamiento que por nuestro sentido de derecho colectivo a costa del bien común. En este estado, nos centramos en nosotros mismos, soñando con un crecimiento infinito, pretendiendo que nunca se extinguirán nuestros recursos naturales.

Entre el 2000 y el 2015, la propiedad de vehículos en el Sur de California subió de 1,7 a 2,4 vehículos por casa, de acuerdo a un nuevo estudio del Institute of Transportation Studies de la Universidad de California, Los Angeles.

Eso ha ocurrido a costa de los sistemas de tránsito: El estado perdió 62,2 millones de viajes anuales entre 2012 y 2016, a pesar de grandes inversiones en el transporte público en los últimos 25 años. Tan sólo en Los Angeles se han construído más de 100 millas de metro ligero y tren pesado.

A pesar de gran inversión en el sector del tranporte público en los últimos 25 años, el número de vehículos personales en Los Angeles ha crecido, particularmente en hogares inmigrantes y de la clase trabajadora.
Mike Blake

La tendencia no augura nada bueno para los objetivos climáticos de California. La ley emblemática de reducción de carbono del 2008 requiere que se duplique el número de pasajeros de transporte público antes del año 2020, para así lograr reducir la emisión de gases invernadero a los niveles del año 1990. Los medios de transporte — los camiones de carga pesada, autobuses y carros — siguen formando parte del sector más contaminante, y representando casi la mitad de las emisiones de carbono en California.

Mary Nichols, presidenta de la California Air Resources Board, reconoció en una entrevista a principios de éste año que la reducción de emisiones por parte de medios de transporte representa uno de los desafíos más grandes de nuestra sociedad, lo que requerirá una “profunda transformación.” Entre otras cosas, esto significa no comprar más vehículos de lo necesario, tener más automóviles eléctricos, y reducir el número de millas que manejamos cada día para disminuir nuestro uso de gasolina a la mitad.

Mientras me enfrento al tráfico en mi Prius híbrido, el único vehículo en mi casa, generalmente puedo apaciguar mi ansiedad diciéndome que estoy haciendo todo lo que puedo. Mi vehículo emite aproximadamente 32 por ciento menos gas carbónico que uno convencional. Pero eso es insignificante: Aún manejo unas 150 millas a la semana, emitiendo smog que sobrecalentará al planeta por muchos años más.

“El transporte público hoy depende de una alta tasa de uso por parte de un pequeño grupo de personas,” explica el estudio de UCLA. “Pero si ese pequeño grupo de personas está adquiriendo vehículos, un futuro saludable dependerá de revertir las circunstancias del transporte público, para que al menos sea usado menos pero por una gran cantidad de personas.”

El estudio nos cuenta que desde el 2000, la compra de vehículos subió sobre todo en los hogares inmigrantes y de bajos fondos, los cuales típicamente han dependido del transporte público. Esto tiene sentido: Muchos de ellos trabajan en las industrias de servicio y están obligados a viajar largas distancias debido a la falta de viviendas asequibles en el centro de la ciudad, donde se encuentran la mayoría de los trabajos. Los precios de los vehículos están cada vez más baratos, y como lo describe el estudio de UCLA, “Gran parte del entorno edificado de la región ha sido diseñado para acomodar a los vehículos privados y para sancionar su ausencia.”

Además, no debemos culpar a los demás por dejar de usar el transporte público: Alrededor del 77 por ciento de las personas en el Sur de California casi nunca —o nunca— usan el Metro o el bus. Yo soy una de ellas. 

Al final del día, cuando puedo escaparme del tráfico y volver a casa, mi sentido de culpa y ansiedad tiende a desaparecer. Pero en el fondo sé que una transformación real implica menos consumo. Así de simple. Me consuelo con cosas como una caminata o una vuelta en bicicleta con cero-emisiones. Me felicito por no contribuir a las emisiones de carbono por ordenar cosas como papel higiénico por Amazon. Pero aún debo salir a comer menos, comprar menos, viajar menos. Me digo una y otra vez que puedo ir cambiando, poquito a poco.

La High Country News editora colaboradora Ruxandra Guidi escribre desde Los Angeles, California.

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