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Know the West

¿Puede una ciudad de California replegarse para cederle paso al mar?

Imperial Beach considera lo impensable: emprender retirada a causa de la naturaleza.

Cada año el Sur de California echa un vistazo a un futuro de niveles oceánicos en aumento con el fenómeno anual llamado la marea rey, día en el que la tierra, el sol y la luna se alinean, lo que intensifica la fuerza gravitacional y crea la marea más alta del año. Si el término “marea rey” suena amenazador, es porque lo es, sobre todo para una ciudad como Imperial Beach, una pequeña comunidad costera cerca de la frontera con México rodeada de agua en tres frentes: la bahía de San Diego hacia el norte, el océano Pacífico hacia el oeste y el delta del río Tijuana hacia el sur.

Una fuerte tormenta de El Niño en 2010 arrojó la marea rey sobre las bermas de Imperial Beach y sobre Seacoast Drive, la ubicación de los condominios de más valor de la ciudad. En 2015, otro año de El Niño, la marea rey hizo subir el oleaje entre 3 y 7 pies, lo que extrajo arena de la playa e inundó la ciudad con agua salada que remojó las calles por días.  

Si bien en la actualidad es una anomalía, la marea rey constituye un presagio de cosas por venir. A medida que aumentan las temperaturas oceánicas y atmosféricas, los investigadores advierten que debido a muchos factores, incluida la rotación de la tierra, California se enfrentará con un mayor incremento del nivel del mar que otros lugares. En este momento los niveles oceánicos están subiendo a un ritmo que no se había visto desde la última edad de hielo, alrededor de media pulgada por década. Aunque los investigadores y los lectores bien informados tienen claro mucho de esto, las ciudades costeras han hecho muy poco para hacer frente a una catástrofe que se mueve lentamente. Eso es lo que hace que Imperial Beach sea tan interesante. Aquí, en la ciudad costera más meridional de California, en un rincón desconocido de los Estados Unidos, una pequeña ciudad se pregunta: ¿qué pasaría si nos quitamos del paso de la naturaleza? 

 

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IMPERIAL BEACH FUE FUNDADA en 1887, como un refugio de frescas temperaturas veraniegas para los agricultores, jornaleros y hacendados de California. Hoy tiene más de 26,000 habitantes, aproximadamente la mitad Latinos, en un rectángulo de 4.5 millas cuadradas. En invierno se convierte en una comunidad de surfistas, quienes aprovechan el oleaje del Pacífico sobre una franja de playa poco concurrida que produce olas que rompen a la derecha y la izquierda.

Una fría mañana en enero pasado, cuando ya se había levantado la bruma matutina, visité Imperial Beach y me uní a un grupo de veinte personas para un recorrido de la Reserva nacional de investigación de estuario del río Tijuana al sur de la ciudad. Era el día de marea rey y quería ver por mí misma lo que el creciente nivel del mar puede traerle a California en 50 años. Como muchos de los cúmulos de naturaleza en la costa californiana, la reserva constituye un descanso de las autopistas, el tránsito y los altos edificios. Un camino de tierra serpentea por arbustos de trigo sarraceno silvestre y hierba del pasmo a lo largo de una marisma salina donde dos garcetas volaban elegantemente hacia sus nidos. Alrededor de 350 diferentes especies de aves viven o pasan por el estuario, donde el río Tijuana se encuentra con el Pacífico. 

Nuestra caminata terminó en el otro extremo del estuario en Seacoast Drive. Por toda la calle muchos condominios tenían rótulos indicando que estaban a la venta, con precios desde 600.000 dólares hasta mucho más de un millón de dólares. Sin embargo, podía apreciarse una rebaja en los precios al final de la calle donde la marea ascendiente estaba empezando a inundar unas pocas pulgadas. (De aquí a 30 o 50 años, aproximadamente el 90 por ciento de Seacoast Drive estará bajo el agua). A las 9 a. m. la marea había subido hasta alrededor de 8.5 pulgadas, cubriendo las puntas del pasto salado desértico; el año anterior había alcanzado un pie de altura, tragándose el camino del estuario. Un trabajador de obras públicas llegó y comenzó a barrer el agua acumulada en la calle hacia la alcantarilla.

Durante la marea rey de enero 2018, un trabajador municipal usa una escoba para empujar el agua que se acumula al final de Seacoast Drive. Al tener al océano Pacífico de un lado y al estuario del río de Tijuana al otro, esta sección de la calle se inunda a menudo.
Roberto “Bear” Guerra

Unos minutos después llegó el alcalde. Con sus seis pies y medio de estatura, Serge Dedina, de 54 años, no presenta la imagen típica de funcionario público de una ciudad pequeña: cabello rubio blanqueado por el sol, jeans casuales y tenis. Me saludó con un apretón de manos deseándome ““Feliz Año Nuevo” antes de entrar en materia y hablar de inundaciones.

“Afortunadamente este año no es tan malo como el anterior”, me dijo al observar los charcos de agua de mar invasora. Buscó en su teléfono celular y me mostró una foto de Seacoast Drive sumergida bajo el agua que fue tomada el año anterior desde la misma perspectiva. “Y definitivamente ahora no está tan mal como cuando tuvimos El Niño”.

A Dedina, quien fue salvavidas y es surfista de toda la vida, le preocupa el cambio climático desde los años ochenta, cuando escuchó el término por primera vez en sus estudios de posgrado en la Universidad de Wisconsin-Madison. En su adolescencia, Dedina lideró a un grupo de surfistas locales en una campaña contra un rompeolas que habría cambiado drásticamente la costa de Imperial Beach. Poco después se unió a los esfuerzos para evitar que este estuario se convirtiera en un puerto deportivo, una lucha por un ecosistema natural abierto que resultaría crucial para el futuro de la ciudad.

Antes de su elección como alcalde, en 2014, Dedina estaba a cargo de Wildcoast, una organización local sin fines de lucro, de la que sigue siendo director ejecutivo. Wildcoast es una organización binacional que ayuda a establecer y administrar áreas protegidas en EE. UU. y México. Dedina es reconocido en Imperial Beach por su activismo focalizado, así como también por la creación de alianzas exitosas entre los dos países a fin de presionar al gobierno mexicano para proteger el Parque Nacional Marino Archipiélago de San Lorenzo y la laguna San Ignacio, una zona de cría de la ballena gris. Pero Dedina ahora enfrenta un desafío completamente diferente. Él quiere que la población de Imperial Beach confronte directamente la realidad del aumento del nivel del mar.  

Solo llevaba un año como alcalde la última vez que fueron azotados por El Niño, en 2015, pero sintiendo que era una oportunidad para que sus conciudadanos hicieran algo sobre el cambio climático y su impacto, convocó una asamblea pública. Su oficina hizo circular un volante animando a las personas con frases como: “asume un papel de liderazgo al ayudar a que tu comunidad aborde los problemas de inundación costera”. Alrededor de 400 residentes, incluso empleados de la ciudad, asistieron a la reunión en la Reserva nacional de investigación de estuario del río Tijuana. Querían saber cómo se estaba preparando la ciudad para el siguiente El Niño y, lo que es más importante, qué podían hacer ellos en el caso de que hubiera olas más grandes y un mayor aumento del nivel del mar. Ellos ya sabían lo que esos niveles elevados pueden hacer gracias a las mareas rey de años anteriores, pero estaban por aprender una lección mucho más dura. Dependiendo de la eficacia con la que la humanidad pueda frenar el ritmo del calentamiento global, los investigadores pronostican un incremento de 1.6 a 6.5 pies en el próximo siglo. Al terminar la asamblea los asistentes habían aprendido que alrededor de un tercio de Imperial Beach podría estar bajo el agua en tan solo 50 años.  

“Fue una llamada de atención”, me dijo Dedina. “La realidad es que no es fácil hacer que la gente piense en lo que va a pasar dentro de 100 años. Lo que sí descubrimos es que la mejor manera de orientar esa conversación es mediante las inundaciones costeras, porque es menos abstracto y hay cosas prácticas que pueden hacer al respecto”.

El Alcalde de Imperial Beach, Serge Dedina, observa las olas al final del dia en diciembre 2017. Siendo un residente local, surfista y ambientalista, Dedina siente gran conexión con esta parte del Sur de California y con cómo está siendo afectada por el cambio climático.
Roberto “Bear” Guerra

No obstante, esas cosas prácticas son limitadas en términos generales. Según la asociación San Francisco Bay Area Planning and Urban Research Association, o SPUR, una ciudad puede elegir una de varias estrategias: Construir una barrera, blindar la costa con diques y malecones, elevar terrenos, y crear líneas de costa vivientes para absorber las inundaciones y frenar la erosión, o emprender retirada. Con esta última estrategia, la “retirada gestionada”, SPUR advierte que “es un pantanal político. Conlleva enormes problemas legales y de equidad, porque no todos los dueños de propiedades están dispuestos a vender. Y en muchos lugares, las comunidades costeras ya son de por sí desfavorecidas y carecen de la capacidad adaptativa para mudarse”.

Dedina decidió meterse precisamente en ese pantanal.

OTRAS CIUDADES HAN DEMONSTRADO no estar dispuestas a considerar la idea de retirada gestionada, principalmente porque se pueden hundir los precios de bienes raíces con solo mencionarla. Además, hay otras alternativas. Una de las favoritas de California es el reabastecimiento de arena, con lo que se agrega arena a una playa como una barrera contra las mareas crecientes, la erosión y otras fuerzas naturales. Hace seis años, Imperial Beach agregó 300,000 yardas cúbicas de arena gruesa a lo largo de cuatro millas de playa. Sin embargo, esta práctica tiene muchos críticos: Las olas, mareas y corrientes puede arrasar con la arena y la que se quede puede dañar o destruir ecosistemas. Los surfistas las odian porque alteran el rompimiento de las olas, y de hecho, Imperial Beach ha visto menos surfistas desde que se agregó arena. “El reabastecimiento de arena es mala onda”, me dijo Brian Valdez, un surfista, cuando hablé con él después de su sesión matutina. “Pero te apuesto que en el futuro va a ser imposible encontrar una playa sin eso en California”.

Dedina no ve futuro en la arena. Él cree que su ciudad tendrá que hacer lo que antes era impensable: tendrá que emprender retirada. La retirada gestionada representa una mudanza planificada alejándose de la cosa, permitiendo que la playa se erosione y que los elementos de la naturaleza hagan lo suyo. Esto es, por supuesto, una tarea colosal. ¿Cómo puede una ciudad trasladar tierra adentro todas las casas y los negocios en la costa? Es algo que nunca se ha hecho antes en la costa oeste de EE. UU., y ciertamente no a la escala necesaria, incluso para una ciudad tan pequeña como Imperial Beach.

“Esto es nuevo para nosotros”, dijo Dedina mientras hablábamos un día en su oficina. Me mostró en un mapa cómo se vería la retirada: una cinta de color, de una a tres cuadras de profundidad, que cubre toda la costa de Imperial Beach. “Las ciudades son inherentemente lugares muy conservadores, pero decidimos que sería poco aconsejable ser conservador en esta situación”, expresó. “Solo tenemos un futuro y radica en ser innovadores y tomar riesgos, porque el riesgo de no arriesgarnos es demasiado alto”.

Cuando Dedina asumió el cargo, buscó fondos privados y públicos para financiar el plan de acción climática de Imperial Beach. Con la ayuda de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica y la Reserva nacional de investigación de estuario del río Tijuana, Dedina pudo identificar cómo podría llevarse a cabo una retirada gestionada: Las urbanizaciones a la orilla del mar tendrían que reubicarse tres cuadras tierra adentro, mientras que la ciudad, en su totalidad, tendría que crear mayor densidad o volver a construir ciertas estructuras, caminos e infraestructuras más grandes, incluidos los estanque para retener las agua pluviales y las escuelas.

El plan costero actual de Imperial Beach no toma en cuenta un estudio de 2016 que proyecta cuánto subirá el nivel del mar con el transcurso del tiempo. La ciudad espera actualizar ese plan con comentarios de la comunidad.

Los altos niveles del mar en 2014 llegaron hasta la estatua icónica de un surfista ubicada al final de Palm Avenue en Imperial Beach, California.
Serge Dedina

La medida de adaptación no es solo idea de Dedina. En los últimos diez años se ha convertido en una iniciativa importante a nivel estatal, promovida por la Comisión Costera de California y Surfrider Foundation, quienes han estado proponiendo leyes estatales y políticas de urbanización costera diseñadas para hacer que el costo de propiedad y mantenimiento de bienes inmobiliarios vulnerables frente al mar sea prohibitivo. Algunas de estas nuevas políticas prohíben toda nueva urbanización en un radio de 80 a 90 pies del borde de un acantilado, dispensan el derecho de una ciudad de construir un malecón y permiten el acceso público a playas abiertas sobre propiedad privada costera.

No obstante, el siguiente paso sigue siendo un misterio. Con un presupuesto de diecinueve millones de dólares, la ciudad de Imperial Beach no puede darse el lujo de mudarse. Un repliegue de tres cuadras puede costar arriba de los 150 millones de dólares. Aun así, la decisión de Dedina es simplemente revolucionaria. Es una contradicción directa al principio estadounidense de preservar la propiedad privada a toda cosa, sobre todo a la orilla del mar, donde el valor de las casas puede ser el doble de propiedades similares en el interior. Asimismo, representa una respuesta inusualmente humilde a las fuerzas de la naturaleza, una que admite que debemos hacer frente a los efectos del cambio climático y dejar de luchar contra las crecientes olas que nosotros mismos causamos.

IMPERIAL BEACH ES UNA EXCEPCIÓN para California, y no solo por su alcalde surfista y pro-conservación. No tiene las trampas para turistas típicas, los muelles con atracciones y lujosos restaurantes frente al mar. Las propiedades que están sobre la playa no se asemejan en nada a la suntuosidad de comunidades costeras más acaudaladas como Malibú o Pacific Grove, las que han invertido enormemente en costosos malecones y rompeolas costa afuera. El setenta y un por ciento de residentes de Imperial Beach son inquilinos y uno de cada cinco vive en la pobreza, incluso en la costa. La ciudad no cuenta con los 100 millones de dólares de los contribuyentes que costaría tratar de prevenir la erosión de la costa con la ayuda de más bermas y proyectos de reabastecimiento de arena.

Al considerar el prospecto de retirada, Imperial Beach no solo se está diferenciando de otras comunidades costeras, sino que también las está desafiando. En mayo, Del Mar, una ciudad 30 millas al norte, votó a favor de un plan de adaptación al aumento del nivel del mar. Pero lo hizo solo si se eliminaba el término “retirada gestionada” del documento, una salvedad exigida por los dueños de propiedades locales. Una retirada gestionada allí haría posible que el mar retomara el territorio y alrededor de 600 hogares allí ubicados. “Si implementáramos gestión (sic) de retirada y se requiriera que los malecones en existencia se eliminaran de la primera fila de casas, el océano inundaría todo hasta las vías ferroviarias”, dijo el alcalde de Del Mar, Dwight Worden, después del voto del consejo municipal. “Perderíamos la playa; perderíamos esos hogares”. Del Mar, advirtió, se convertiría en “una laguna”. La ciudad decidió incrementar el reabastecimiento de arena.  

“No puede creer que estén haciendo eso”, me dijo Dedina poco después del voto. “Simplemente están metiendo la cabeza en la arena”.

SIN EMBARGO, ¿QUIÉN PUEDE CULPARLOS? La humanidad no se ha podido imaginar adecuadamente el prospecto de un futuro con temperaturas más altas, y menos aún hacer algo al respecto. Incluso en Imperial Beach, donde la ciudad tiene un plan, los residentes actuales parecen estar desconectados del futuro inminente.

Katy’s Cafe es uno de los lugares favoritos de los salvavidas y surfistas de Imperial Beach. El interior está cubierto de recuerdos de la playa y un rótulo en la entrada promete: “La playa te hará olvidar todos tus problemas”.

Un grupo de surfistas observa las olas antes de buscar sus tablas para una sesión de surf de tarde.
Roberto “Bear” Guerra

Katy Fallon, una rubia menuda como de 60 años que es la dueña del café desde hace 12 años, aún sale a surfear dos o tres veces por semana. Me dijo que la costa era un lugar mucho más manejable cuando comenzó a surfear allí hace más de tres décadas. Ahora la marea rey inunda su cuadra una vez al año y derrames de aguas negras provenientes de Tijuana hacen que la ciudad cierre las playas regularmente. “No siento que pueda hacer algo sobre la subida del nivel del mar o la contaminación de la playa” me expresó Fallon, coincidiendo con otras conversaciones que he tenido en el área. “Pero afortunadamente ahora tenemos el alcalde idóneo para esta ciudad”.

Fallon se sintió animada cuando Dedina asumió funciones e hizo del primer plan de adaptación climática de la ciudad una prioridad. Al principio iba a cuántas asambleas públicas podía, pero luego empezó a estar más ocupada y dejó de asistir. “Odio decirlo, pero en lo que se refiere a la subida del nivel de mar, yo sé que no voy a estar viva para lo peor”, me comentó con una mueca de disculpa. “Pero es algo aterrador”.

Conforme a la retirada gestionada, en un período de 30 a 50 o incluso 75 años, el edificio comercial de dos pisos donde está Katy’s Cafe enfrentaría inundaciones continuas y tendría que reubicarse entre una y tres cuadras hacia el interior. Pero antes de eso, probablemente la prima del seguro contra inundaciones aumentaría considerablemente, así como sus costos de limpieza. En un mundo ideal, su seguro pagaría la mudanza, pero es más probable que baje el valor de la propiedad con cada año que pasa y la aseguradora encontraría una manera de evitar reembolsarle al propietario el costo de una mudanza tan masiva. 

Dos cuadras al sur de Seacoast Drive, los dueños de un edificio de seis pisos están decididos a quedarse en su lugar. Pier South Resort, completado en 2013 bajo el gobierno del alcalde previo, costó 34 millones de dólares (de los que 7 millones fueron inversión de la ciudad). Es el primer hotel de lujo de Imperial Beach y aporta medio millón de dólares en ingresos anualmente. Además, es el primer edificio que incluye columnas estructurales subterráneas que forman un dique marino. No está claro si el hotel sienta precedentes para otras urbanizaciones costeras nuevas, y costosas, o si en un futuro de retirada gestionada se convertirá en una isla. 

Por supuesto, aún hay quienes esperan resguardar su ciudad, personas como Dedina y los McCoy. Patricia y Mike McCoy, ahora en sus ochentas, son dueños de una humilde cabaña de dos habitaciones al norte de la ciudad, en un área baja ubicada a un par de cuadras del mar. Los busqué porque fueron de los primeros líderes ambientalistas de Imperial Beach y figuras clave en la preservación del primer sitio de retirada gestionada de la ciudad: el estuario del río Tijuana. Son testimonio vivo de lo difícil, y peligroso, que puede ser la retirada gestionada. En el tranquilo y brumoso día que me encontré con ellos, estaban sentados lado a lado en su sofá, con la espalda a una biblioteca llena de libros sobre la naturaleza y la civilización humana.

“¿Qué puedo decir? Los seres humanos son un tipo de especie a la que le gusta vivir al límite del peligro”, me dijo Patricia al recordar los años en los que ella y Mike trabajaron para proteger el sistema estuarino más grande que quedaba en el sur de California, uno que aún no había sido destruido por autopistas, ferrocarriles, líneas eléctricas o alcantarillas.

En los setenta, las urbanizadoras habían planeado por décadas dragar el estuario, construir un canal de concreto y crear un puerto deportivo de lujo. A mediados de la década, los planes del puerto iban a todo vapor. El alcalde de Imperial Beach, Brian Bilbray, anunció su propuesta para un rompeolas de1.5 millas sobre el estuario y un proyecto de $200 millones alojaría hasta 7,000 personas, un club de yates y urbanizaciones comerciales.

“Y luego los urbanizadores se dieron cuenta de que queríamos salvar el estuario y empezaron a perseguirnos”, comentó Mike.

Los McCoy se reunieron con funcionarios locales, estatales y federales y fueron de puerta en puerta por todo Imperial Beach, organizando a los residentes contra el proyecto, entre quienes se encontraba un surfista adolescente de nombre Serge Dedina. Fijaron una estrategia: Convencerían al Servicio de Pesca y Fauna Silvestre de los Estados Unidos de asumir el control de la propiedad. 

Patricia y Mike McCoy son activistas ambientales conocidos en Imperial Beach por jugar un rol importante en la preservación del estuario del río Tijuana en los 70s, cuando existían planes de convertir el ecosistema en un club deportivo.
Roberto “Bear” Guerra

En enero de 1980, en el apogeo de la temporada de marea rey, el río Tijuana causó una inundación en la que fallecieron al menos diez personas al otro lado de la frontera y destruyó gran parte del estuario en EE. UU. Un día poco después de eso, los McCoy y Richard Raymond, un amigo activista, estaban descansando en una estación de bomberos local después de un evento de limpieza en el estuario, cuando cuatro hombres armados con pistolas entraron al edificio. Uno de ellos le disparó a Raymond en la cara. Los hombres escaparon en automóvil (ninguno fue identificado ni arrestado) mientras Mike McCoy trataba de estabilizar a su amigo. Raymond fue trasladado inmediatamente en ambulancia al hospital y sobrevivió. Posteriormente esa misma semana, al entrar en la autopista los McCoy se dieron cuenta de que las tuercas de las llantas de su auto estaban sueltas. En casa recibían amenazas de muerte por teléfono advirtiéndoles “dejen de hacer lo que están haciendo”. 

Ese año Imperial Beach votó a favor del proyecto del puerto deportivo. Sin embargo, poco después, el Servicio de Pesca y Fauna Silvestre anunció inesperadamente que iba a adquirir 500 acres del estuario de la constructora a cargo del puerto deportivo. El estado de California se unió a los esfuerzos y a principios de 1981, la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica eligió hacer del sitio un santuario nacional, preservando así el último tramo de costa y marisma.

El estuario representa un anticuado ejemplo de un tipo de retirada gestionada, aunque una retirada de una urbanización propuesta, no el traslado del extremo completo de una ciudad. Aun así, cuatro décadas después del comienzo de su lucha, los McCoy saben a ciencia cierta que al salvar su estuario local sentaron un precedente importante para la ciudad.

Pronóstico de los impactos a zonas residenciales por la subida del nivel del mar, de la Evaluación del nivel del mar de Imperial Beach 2016.
Fuente: Ciudad de Imperial Beach, Reveal Coastal, Tijuana River and Sea Grant.

LA ÚLTIMA PROYECCIÓN de la organización científica Union of Concerned Scientists expuso una situación alarmante, sobre todo para los propietarios de casas: inundaciones persistentes bajarán el precio de las propiedades en ciertas zonas, al mismo tiempo que subirán las primas de seguros. Si las aseguradoras se rehúsan a cubrir propiedades en riesgo, el estado tendrá que convertirse en la entidad aseguradora de última instancia. Al menos 100,000 dueños de propiedades frente al mar en todo California enfrentan el riesgo de inundaciones crónicas o cosas peores de aquí al final de este siglo. Cuando baja el valor de bienes raíces, también se reduce la base de impuestos inmobiliarios de una ciudad, lo que paga infraestructura, escuelas y medidas de adaptación climática.

Por consiguiente, la retirada gestionada tiene sentido. Sin embargo, me cuesta trabajo encontrar residentes que apoyen plenamente el plan de Dedina. Contacté a seis agentes de bienes raíces y dueños de propiedades en Seacoast Drive, donde se encuentran las más caras y que están en mayor riesgo. La mayoría se niega a hablar de la probabilidad de un futuro de inundaciones, por temor a decir algo que pueda poner en peligro los valores de las propiedades. Pero el aumento del nivel del mar estaba en la mente de cinco de los residentes con quienes hablé de forma privada. Ellos han visto inundaciones continuas en sus propiedades y están tratando de vender, o al menos están considerándolo.

Debido a los pronósticos del nivel del mar y la posibilidad de un retiro a tierra adentro, muchos dueños de propiedades costeras en Imperial Beach están decidiendo vender.
Roberto “Bear” Guerra

En la primavera asistí a una reunión de “Imperial Beach Resiliente”, organizada para lograr la participación de residentes y dueños de propiedades en el plan de administración costera de Dedina. Nos presentaron varias opciones de adaptación climática, incluida la retirada gestionada y más reabastecimiento de arena. Se nos pidió llenar un formulario contestando preguntas como “¿Cuál es el reto más importante que enfrenta la ciudad?” y “¿Qué significa para usted preservar el carácter de Imperial Beach como ciudad playera pequeña?” Luego se nos dijo que los dejáramos en una caja en la mesa en el fondo del salón. Los miembros del consejo municipal estaban allí listos para contestar preguntas. Hubo muy pocos asistentes, en total menos de doce residentes.

Sin embargo, Mike McCoy estaba allí, junto con un conocido, Joe Ellis, un hombre alto y bronceado que aparentaba menos de sus 63 años de edad. Ellis trabajó por muchos años con el Cuerpo de Ingenieros del Ejército en proyectos de reabastecimiento de arena en el sur de California, pero ahora entiende que esas medidas son solo soluciones provisionales. “Hubo una época, después de la universidad, en la que yo también quería vivir cerca de la playa”, bromeó conmigo cuando le conté que ningún dueño de propiedades frente a la playa quería hablar conmigo sobre la retirada gestionada. “Lamentablemente, el cambio climático es político”, añadió. “Y muchas de las personas que viven en la costa son mayores y están dejando estas decisiones en manos de la siguiente generación”.

Cuando estaba saliendo de la reunión, vi un mapa grande de Imperial Beach montado en un caballete contra la pared trasera. Mostraba un tercio de la ciudad completamente cubierto de color azul brillante, una mancha que comenzaba en los contornos, inclusive Seacoast Drive, y se extendía hacia el medio. Mostraba las partes de la ciudad que estarán bajo el agua algún día, lo que incluía áreas a más de diez cuadras de distancia de la costa en la actualidad y que albergan las escuelas primarias y la mayor parte de los barrios de la clase trabajadora. A medida que aumente el nivel del mar, las inundaciones en Imperial Beach afectarán no solo a los residentes acaudalados que viven a la orilla del mar, sino que a todos, independientemente de la ubicación y la clase social.

Imperial Beach en California, donde se espera que el nivel del mar inunde el área antes del año 2050.
JC Monge

ASÍ COMO LOS MCCOY en los años setenta, Dedina está emprendiendo una enorme lucha ambiental, buscando posibles respuestas y apoyo financiero más allá de Imperial Beach. El año pasado llevó la batalla a los tribunales al unir a cinco ciudades y condados de California en una demanda legal contra 37 compañías petroleras y de carbón, inclusive ExxonMobil, Chevron y ConocoPhillips, argumentando que deberían ser consideradas responsables por las inundaciones costeras que provocarán cientos de millones de dólares en daños materiales.

“No veo otra manera de abordar esto”, manifestó cuando le pregunté sobre la demanda legal como último recurso para ayudar a pagar el plan de retirada gestionada de su ciudad. “Fue una manera de destacar la extremadamente injusta naturaleza de cómo el cambio climático va a avanzar por el mundo, ya sea en Micronesia o México o Imperial Beach. La demanda es un medio para demostrar nuestro liderazgo, pero también para identificar a los responsables de su causa y hacerlos pagar”.

A inicios del verano, el juez de distrito William Alsup desestimó la demanda, sosteniendo que los impactos del cambio climático merecen solución “a una escala de mayor magnitud que la puede proporcionar un juez de distrito o un jurado”. Cuando hablé con Dedina me dijo que no había perdido la esperanza. La demanda obligó a que hubiera un procedimiento judicial público sobre ciencia climática y, por lo menos, se reconoció que es real y válida. Mientras tanto, la ciudad sigue adelante con su retirada gestionada, aunque a una escala considerablemente menor: identificando los mejores desagües pluviales y estanques de retención para mitigación futuros.

“Primero vamos tras los resultados al alcance de la mano”, expresó Dedina. “Tenemos nuevas regulaciones relativas a las aguas pluviales, así que queremos modernizarlas para el futuro”. Pero aún no hay un plan sólido para un traslado eventual tierra adentro. No cuentan con los fondos. Y los funcionarios de la ciudad aún no han tenido muchas conversaciones al respecto con los dueños de propiedades.

“Está muy claro que simplemente ninguna otra estrategia va a funcionar a largo plazo”, me dijo Dedina. “Eso es algo las personas van a tener que resolver en el futuro, pero vamos a tener que sentar las bases desde ahora”. Era una fresca noche de marea baja, y estábamos a una cuadra de la playa donde paseaban algunas familias, mientras los automóviles iban y venían por Seacoast Drive. En el muelle, los pescadores lanzaban sus anzuelos a las calmadas aguas del creciente e implacable mar.

La High Country News editora colaboradora Ruxandra Guidi escribre desde Los Angeles, California.

Esto artículo fue financiada con donaciones de lectores al High Country News fondo de investigación.