Estados Unidos está cerrando sus puertas a quienes solicitan asilo.

‘Los Desposeídos’ sigue la aterrante búsqueda de una familia por refugio, y cuestiona las nuevas políticas públicas y lo que dicen sobre los ideales de esta nación.

 

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Un día en octubre de 2016, en un pueblo de la costa Pacífico de El Salvador, Arnovis Guidos Portillo de 24 años, chocó accidentalmente con el hermano de un miembro de la pandilla local en un juego de futbol. Cuando los rumores llegaron al líder de la pandilla, varios hombres se presentaron en casa de los padres de Arnovis, buscándolo. Empezó a recibir llamadas de amenaza. Sos tumba, le dijeron. Estás muerto.

“Sólo vete”, le dijo su hermano Miguel. Pero en El Salvador, controlado por pandillas, reubicarse en otro pueblo no era suficiente: Arnovis debía dejar su país por completo.

Para John Washington, la historia de Arnovis es familiar. Reportero de migración por muchos años, Washington ha documentado a fondo el aumento de violencia que está llevando a cada vez más gente a huir del triángulo norte de Centroamérica y partes de México. En su primer libro, Los Desposeídos, Una Historia de Asilo en la Frontera de E.U.-México y Más Allá, Washington nos cuenta sobre el destino al que se enfrentan los solicitantes de asilo en Estados Unidos. Con el número de refugiados rebasando los 70 millones a nivel mundial, ¿porqué, pregunta Washington, se niega el país más rico del mundo a protegerlos?

Los Desposeídos sigue los tres intentos fallidos de Arnovis por obtener asilo en los Estados Unidos, intercalado con las historias de otros solicitantes. Por el camino, Washington agrega contexto político, histórico y literario a la idea del asilo, y las preguntas que provoca —comenzando con la antigua Grecia. “¿Deberían ponerse en una misma balanza las obligaciones que tenemos hacia los extranjeros con aquellas que tenemos hacia nuestros compatriotas?”

ANTES DEL INCIDENTE EN LA CANCHA, Arnovis no tenía deseos de ir a los Estados Unidos. Estaba feliz en su pueblo junto al mar, trabajando en un campamento tortuguero y escalando palmas cocoteras por dinero extra. Hacía reír a su madre imitando canciones de Juan Gabriel.

El miedo lo descarriló todo. Pero, como Arnovis descubriría, no sería suficiente para que calificara como asilado en los Estados Unidos. Los aplicantes deben establecer que temen a la persecución de su propio gobierno, y que nace por su pertenencia a un grupo social particular — ya sea por su raza, su religión, nacionalidad u opiniones políticas. Pero muchos de los asilados políticos hoy en día están escapando de actores no gubernamentales, como las pandillas y los cárteles de droga, y sus miedos están compuestos de amenazas sistémicas como la pobreza, el cambio climático y la agresión sexual. En 2017, más de 331,000 personas solicitaron asilo en la frontera de Estados Unidos, casi seis veces más que en 2010. Estados Unidos negó el 90% de las aplicaciones.

Washington busca validar las historias de los asilados y derrumbar el mito de que la mayoría son migrantes económicos que buscan burlar al sistema. Si algo falta en su reportaje es que, a excepción de la anécdota ocasional de un abogado o la cita de un agente de la Patrulla Fronteriza, rara vez escuchamos a la gente del otro lado del sistema. Esta es una oportunidad perdida. El sindicato que representa a los oficiales de asilo, por ejemplo, ha empezado a levantar informes legales contra su propio empleador, llamando a estas políticas, cada vez más restrictivas, “fundamentalmente opuestas al tejido moral de nuestra nación”.

En su último intento de llegar a los Estados Unidos, en 2018, Arnovis trajo a su hija de 5 años, Meybelín. Su hermano, en Kansas, ayudó a pagar un coyote “decente” para hacer el viaje más seguro que en los intentos pasados. Ni Arnovis ni su hermano imaginaron el trauma que él y su hija enfrentarían dentro de los Estados Unidos.

Tan solo unos meses antes, la administración de Trump anunció medidas de “cero tolerancia” para la migración no autorizada, ordenando que los padres que cruzaran la frontera sin permiso — inclusive para buscar asilo — serían separados de los niños que los acompañaban, sin planes para su reencuentro. Después de que Arnovis y Meybelín cruzaron el Río Grande, se entregaron a los oficiales de la Patrulla Fronteriza para solicitar asilo. Los agentes los llevaron a un centro de detención migrante en Texas y los retuvieron en grandes jaulas. Unos días después, un oficial de la Patrulla Fronteriza separó a Maybelín de Arnovis y la transfirió al Departamento de Salud y Servicios Humanos de E.U.

“¿Dónde está mi hija?”, le preguntó Arnovis a los oficiales de la Patrulla Fronteriza antes de que fuera transferido a otro centro de detención sin ella. Le dijeron que no sabían que tenía una hija. Enloquecido, Arnovis sólo podía pensar: ¿Qué le había pasado a su hija? ¿Quién la tenía? ¿Quién sabía dónde estaba?

Tres semanas después, aún no tenía idea dónde estaba su hija. En su desesperación, firmó su propia orden de deportación de forma voluntaria. Nunca tuvo oportunidad de aplicar para asilo.

Al contar la experiencia de Arnovis, Washington admite que no es posible para ningún país extender su protección hacia todo mundo. Pero si existen límites para nuestra compasión, él sugiere, también deben existir límites para nuestra crueldad.

Hacia el final del libro, Washington visita a Arnovis en El Salvador, después de su reencuentro con Meybelín. Su vida aún peligra, pero Arnovis no tiene planes de huir. Es una señal perversa de que los arquitectos del actual sistema están logrando su objetivo: Haz a E.U. lo suficientemente miserable para los solicitantes de asilo, y se mantendrán lejos. “Quizá”, escribe, “no podemos extender nuestro techo porque los cimientos están en ruinas”.

Sarah Tory es corresponsal para High Country News. Escribe desde Carbondale, Colorado. Escribe a HCN a [email protected] o manda una carta al editor.

Este artículo fue traducido por Clara Migoya, una reportera bilingüe y científica ambiental. Estudia una maestría doble en Periodismo y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Arizona.  

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